¡Devastad los bosques!

Hombre talando un árbol con un hacha
Foto por Axel Fassio / CIFOR
Este discurrir insulso es una mala hierba que no dará lugar al tiempo de las hermosas florecillas. Nada es lo mismo desde que los días se aburrieron de escuchar la sincrónica monotonía. Los segundos son sabios en eso de adivinar el escurridizo trastorno de las horas y los años. Sentimientos inacabados emergen con vocación de inútiles, sospechando que la nada habitará en sus almas sin alma. En el almanaque quedarán señalados, al menos, los días venturosos en que cruzábamos los estériles barbechos, dejando, a nuestro paso, un rastro de amargura punzante, con sabor a hiel. Pero la desidia nos volvió romos, nos condenó a una desbastada existencia, sin filo ni hambre, sin ambición de nostalgia. Los días son el morir, que van a dar a una mar de vaguedades. Quisiera descorrer a contrapelo esos caudales, con el brío del nadador adiestrado para la gloria olímpica. Observo los remolinos desde la orilla, cómodo, incapaz en mi ensimismamiento, inseguro en mi seguridad, tenebroso en términos de absoluta equidistancia entre las dos orillas. Es tan estúpido vadear el río de la vida como el no adentrarse en sus turbulentas aguas. El verde sucio nos echa para atrás, y eso que es neta vida relampagueante en millones de células clorofílicas. Copulan a cada rato los microorganismos sin preocuparles demasiado si estallarán tras el orgasmo. Así quisiera ser, bicho insignificante en infecta cloaca, para derramar mis alegrías y tristezas en floculante suavidad de aspecto irisado. La contaminación y la hez son los únicos testigos que dejaremos a nuestro paso, fieles testimonios del pulso que vendrán a estudiar remotas civilizaciones alienígenas. Y sin embargo, nos indignamos ante nuestro rastro ponzoñoso, nos gustaría dejar la tierra virgen y las aguas azules, para que se las beban los herederos de nuestras vidas sin mácula. Mejor sería, creo yo, dejar un cadáver generoso, para que los buitres y quebrantahuesos coman hasta reventar...

¡Reventad los muros de la continencia, devastad los bosques dormidos, exaltad el expolio de la naturaleza como axioma de mi generación! ¡Acurrucaos bajo las faldas de libidinosas hembras de tetas y muslos maternales, o yaced, si lo preferís, sobre torsos peludos de fornidos faunos! Nadie vendrá a vivir la vida que no vivimos, nadie a nadar a contracorriente nuestro manantial, nadie a talar los tálamos a los que no osamos encaramarnos. Sumergirse, para dejarse ahogar, dentro de un tonel de Montilla-Moriles, da buen gusto al paladar. Pensemos cuanto menos en los animales carroñeros, en los gusanos que degustarán sin miras nuestras carnes salerosas. Inciertas naturalezas de pelo encrespado ansían nuestra bacanal; ningún planeta, descascarillado o no, va a agradecer tanta pesadumbre y modorra. ¡Emprendamos trochas para establecer lazos con las especies coetáneas; las generaciones venideras son una mera elucubración intelectual!

Y, sobre todo, no perdamos jamás de vista que, si para algo fuimos paridos, fue para que el corazón nos latiera con la codicia con que los perros perdigueros husmean cada una de sus oportunidades...

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