Acerca de mí

Miguel

No creo que esbozar una autobiografía me vaya a resultar fácil. Al menos dejaré caer unos cuantos apuntes, esperando que, en su conjunto, sirvan para hacernos todos una idea sobre lo que escribo y por qué.

Nací en Madrid en 1970, ciudad en la que he vivido siempre. Crecí –te quedaste muy pequeño, me decía un vecino– en Usera, barrio de clase media trabajadora, dato que puede ser clave respecto a los personajes y asuntos que aparecen en mis historias. En definitiva, mis referentes culturales son, ante todo, los que puede tener alguien que se ha educado en una barriada madrileña. Me gusta escoger a los protagonistas de mis cuentos entre las personas sencillas que me rodean. Son estos personajes gentes sencillas y sin desbastar, y que, digamos, quieren y no pueden. Y a veces pueden, pero no quieren…

Estudié Ingeniería Técnica Agrícola. Lo mismo me hubiera dado preparar oposiciones para telegrafista en estos tiempos del Internet, porque aquellos estudios me sirvieron de poco. El caso es que me reinventé como diseñador gráfico, con la inestimable colaboración de los fondos sociales europeos. También algo hubo de mi propio empeño y tiempo –aún era joven para seguir jugando a colegial–. Pienso que el oficio de escribir tiene puntos en común con el diseño gráfico: corregir y corregir, para comunicar un mensaje de una forma atrayente.

Me dedico también a la docencia, en el ámbito del diseño gráfico. El oficio de formador, a mi modo de ver, tiene mucho en común con el de contador de historias.

Leo un poco de todo y poco leo. Con quien he compartido más horas de lectura ha sido con Gabriel García Márquez. Mis libros favoritos quizá sean dos de los suyos: Cien años de soledad, y El otoño del patriarca. Suelo leer a autores que parieron sus obras en castellano, aunque no es una regla. ¿Libros que apenas recuerdo pero que me dejaron un buen sabor? Niebla, de Unamuno; Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez; La llamada de la selva, de Jack London; En busca del Unicornio, de Juan Eslava Galán… Y Don Quijote de la Mancha, de aquél que quedó manco en una de tantas guerras. En cuanto a lecturas, otra cosa no quiero ni puedo decir.

Desde la edad de 15 años, incluso antes, he tenido querencia a escribir. La escritura me ha servido siempre para ahorrarme un buen dinero, en psicólogos y amantes. A veces me he hecho la pregunta de por qué escribía. Quizá no he encontrado más razón que la de sentir que alguien me estaba escuchando. El lienzo en blanco es como una mujer silenciosa y cálida que, a cambio de nada, te presta un poco de atención en tus noches de melancolía. Cuando terminas de rellenar el lienzo igual te sabe a poco… Te quedas con hambre, vamos, y te entra el antojo de adormecer a algún lector con el bisbiseo de tus palabras. Y la historia no acaba cuando aparece ese lector, o si no aparece: a uno le gusta imaginar que, aun después de muerto, aparecerá por ahí algún lector desprevenido para escuchar tus letanías. Porque la palabra escrita tiene la posibilidad de trascender. El tema de la trascendencia es recurrente entre mis relatos.

En el año 2006 empecé a escribir en este blog. Al principio elaboraba algo parecido a mini ensayos, meras opiniones y puntos de vista particulares de lo que sucedía en mi entorno. Vamos, que entre aquellos escritos y los de una bloguera entusiasta no había mucha diferencia. Pero los míos estaban desposeídos de entusiasmo, eso sí. Poco a poco, fui cambiado el rumbo, y me decanté por el relato corto. Creo que me aburrí de tanto escucharme: mejor que unos cuantos personajes hablaran por mí. O por ellos mismos, y me contaran historias que, de otra forma, jamás hubiera imaginado.

Mis relatos están poblados de personajes desesperanzados, que malconviven con sus semejantes, más avispados que ellos. Tan espabilados son estos últimos, que venden a los primeros esperanzas falsas, envueltas en papel de celofán. No soy una persona muy optimista: “Cuando el sol aprieta, la realidad está hecha de espejismos”, es la sentencia que ofrezco a la posteridad. Mis historias surgen, pues, de la contemplación de esas pobres almas sedientas, obstinadas en saciar su sed en un desierto plagado de espejismos. Y de ahí sólo me nacen tragicomedias, sátiras, e historias plenas de melancolía. O un todo revuelto. En alguna ocasión he tomado cariño a alguno de mis personajes, más que nada por la ternura que me inspiraba su situación de desamparo. Entonces, por medio de la autoaceptación, lo he redimido del autoengaño.

Como descreído irredento y obstinado que soy, tiendo a repartir por todos lados, para que nadie me reclame su lisonja: a izquierdas y derechas, a arribas y a abajos. Aunque, si acaso, tengo debilidad por dejar en evidencia a los tejedores de espejismos.

Hace un par de años asistí a unos talleres de escritura impartidos por Chema Gómez de Lora. Sobre todo me sirvieron por el refuerzo positivo que obtuve, de profesor y compañeros. Por quedar bien ante auditorio tan acogedor, empecé a corregir y a pulir mis textos. Tras mi paso por el taller, ésa fue la gran lección que aprendí: escribir bien, es corregir.

Y por último, ya sólo me resta decir que mi primera novela está casi lista. Bueno, en realidad, aún ando empantanado con las correcciones. Estoy eternizando el proceso final, quizá porque, inconscientemente, me da pavor el hecho de parir un hijo y no encontrarle colocación. Pero quién sabe: tal vez, más pronto que tarde, me resigne a que tendrá que ser lo que tenga que ser, o no ser. Sólo así creo que conseguiré ponerle el punto y final a esta novela que se está haciendo de rogar…

Madrid, febrero del 2016

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