2 de agosto de 2017

La chocolatada

Hierbajos secos
Foto por Milos Golubovic

-Mamá, me aburro.

-¡Ay, Toñín!, ¿no ves que estoy hablando?

Toñín frunció el ceño resignado, resoplando al mismo tiempo. Era obvio que su madre hablaba sin parar, con esa señora mayor de culo ancho y rostro arrugado. Se preguntó si algún día, cuando fuese viejo, también a él le saldrían arrugas, tantas como a aquella señora. La conocía apenas de vista, de otro par de veces que su madre y ella se habían cruzado por la calle. Y las dos veces había sucedido lo mismo: ambas no habían parado de hablar.

-¡Pobre! -exclamó la señora mayor, manoseando la cabeza de Toñín igual que un obispo que le aplicase una de las bendiciones de su repertorio-. ¿Cuántos años tiene ya, el hombretón?

-Seis para siete -respondió la madre.

-Ya eres todo un mocito.

La señora mayor volvió a restregar su mano derecha por la cabeza de Toñín, alborotando sus cabellos lacios.

-Estarás contento con tu nueva hermanita...

Toñín miró a la señora desde su inferior altura encogiéndose de hombros.

-¿Qué tiempo tiene la nena? -preguntó la señora.

-Cinco meses justos va a hacer la semana que viene -respondió la mamá de Toñín.

-Pues parece que tuviera más tiempo. ¡Qué hermosura de niña...! Debe comerle bien.

-Y que lo diga... De eso no me puedo quejar, doña Margarita; si acaso, de lo contrario.

Un trueno, amortiguado por la distancia, tamborileó sobre el pergamino de nubes que cubría el cielo. La amenaza de tormenta no disuadió a las dos mujeres de finiquitar la conversación.

-Parece que va a caer tormenta -apreció doña Margarita.

-Falta va haciendo ya de que llueva un poco -dijo la mamá de Toñín-. Menos mal que hoy ha refrescado un poco, porque este calor ya no hay quien lo soporte... ¡Vaya verano caluroso que estamos teniendo...!

-La verdad que sí. No recuerdo yo tanto calor, y eso que peino canas...

Toñín no supo a qué se refería la señora con aquello de que peinaba canas. Ni entendía la conversación ni le interesaba. Poco a poco, con pasos entrecortados, se fue alejando de su madre y de la señora, husmeando como un perro curioso por la acera que bordeaba el descampado.

-¡Toñín, no te alejes mucho! -le advirtió su madre.

-Déjelo, que se entretenga. Al pobre lo debemos estar aburriendo con tanta charla... ¿Y este verano, no se van a ninguna parte?

-Ya nos gustaría, ya... Pero no se puede. Demasiado gasto. Además, con la nena...

Toñín se adentró levemente en el descampado, en busca de un palo que había llamado su atención. Lo inspeccionó por encima, y lo desmembró, no sin esfuerzo, de un par de ramas secas. Luego la tomó con los matojos de jaramago que poblaban el descampado, tumbando a mandoble limpio, con el palo, los tallos agostados. Otro trueno retumbó a lo lejos, anunciando el reclamo de su madre:

-¡Toñín, deja eso, a ver si te vas a lastimar!

La mamá de Toñín no percibió la mirada odiosa que le ofreció su hijo, a medio camino entre la de un cordero bobalicón y un perdonavidas. Toñín arrojó con todas sus fuerzas el palo, que fue a perderse entre la selva de hierbajos. Después, buscando un asiento, terminó por elegir el bordillo de granito que mediaba entre la acera y la zona reservada para aparcar los vehículos. Apenas un coche y un camión reposaban en el escueto aparcamiento.

Otro trueno se sintió, éste más cerca. Toñín echó el cuello hacia atrás. Escudriñó en balde el cielo, en busca de algún roto en las nubes por el que se alcanzase a ver un retazo de azul vívido. Un manchurrón gris oscuro, casi negro, venía acorralando a las nubes revueltas que se cernían sobre su cabeza. Bajó la cabeza y miró en dirección a su madre que, unos veinte metros más allá, seguía en animosa conversación con la señora Margarita. Su mamá acababa de sacar a su hermanita del cochecito de bebé, y la señora Margarita la tenía tomada en brazos.

A unos tres o cuatro metros de donde estaba sentado, Toñín advirtió como una especie de cuaderno sobre el asfalto del aparcamiento. Estaba perfectamente alineado, canto con canto, al bordillo por el que se ascendía a la acera. Toñín se levantó con la desgana propia que acompaña al bochorno veraniego, y fue a sentarse un poco más allá, justo donde reposaba el cuaderno. Tomó el cuaderno. En la tapa, de cartón duro y floreado, leyó "Diario". Abrió el diario por una página al azar. Estaba caligrafiado con letra primorosa, amplia y redonda, muy parecida a la que su maestro le ponía como modelo de buena letra. El maestro había recomendado a sus padres que, durante el verano, fuese completando alguno de esos cuadernillos de caligrafía que tanto detestaba. A él las letras no le salían tan redondas, ni tan bien hiladas, por ejemplo cuando escribía abuela, la a con la b; las del diario le recordaban a su madre y a él, yendo de la mano por la calle. Claro, que eso era antes de nacer su hermana; ahora su madre necesitaba las dos manos para empujar el carrito...

Toñín hizo un esfuerzo torpe por leer lo que en el diario aparecía escrito:

"2 de abril de 1976. Salí victoriosa de la chocolatada. A la mayoría de mis compañeras de clase parecía que les daba asco mancharse de chocolate. Yo me presenté voluntaria a la competición. Total, el chocolate se limpia con agua y jabón."

Mientras iba leyendo, el bisbiseo de Toñín apenas se sentía, debido al canturreo de fondo de las chicharras. Su dedo índice era más terco que él, e insistía en nadar contra corriente, por encima de los renglones.

"Además, me encanta el chocolate. Los bizcochos también, pero no tanto. Aun así me los comí todos, lo más deprisa que pude. Nos taparon los ojos con un trapo y mi compañera y yo ganamos a las otras concursantes. Puedo decir que fue una victoria dulce. Aunque sólo en principio."

De improviso, los matojos del descampado parecieron despertar de su siesta de agosto, revolviéndose inquietos entre un murmullo de granos de arroz. Fue como si presintieran el trueno que retumbó a continuación. Algunos no pudieron resistir la embestida de la ventolera que había venido a desperezarlos, y terminaron cediéndole parte de sus tallos secos, para que jugase con ellos a su antojo. Por su parte, Toñín tuvo que contener a las páginas rebeldes del diario, pues querían rendirse a la voluntad del viento; así no había manera de seguir leyendo.

"Eso sí, me manché bastante la camiseta blanca del uniforme de chocolate, porque mi compañera era tan torpe que no apuntaba bien en mi boca con los bizcochos".

Una gota de lluvia irrumpió sobre uno de los renglones que Toñín acababa de leer. La tinta en que la gota hizo blanco se aguachinó. Al emborronarse, los caracteres alcanzaron una armonía acuosa, bien distinta, y tal vez más orgánica, que la de su precisa naturaleza anterior.

-¡Toñín, ven aquí! -gritó la mamá-. ¡Vamos, date prisa, que nos vamos para casa!

Toñín ignoró el enésimo reclamo de su madre y prosiguió con su esforzada lectura. Las ráfagas de viento desordenaban su pelo lacio, con la misma provocación que se traían con los hierbajos.

"Nos dieron, como premio, un libro a cada una. Luego mi madre, cuando me vio toda la camiseta manchada de chocolate me regañó bastante. Al final, creo que a veces, cuando piensas que has ganado, es el fondo es como si hubieras perdido".

-¡Toñín! ¿Quieres venir de una vez, que nos vamos a mojar?

-Anda, majo, no hagas enfadar a tu madre y ve con ella, que va a caer la no que está escrito -dijo la señora mayor al cruzarse con Toñín. Acababa de despedirse y partía apresurada.

Un estruendo que descendió desde todas las partes del cielo vino a corroborar las palabras últimas de la señora Margarita. Toñín pensó que hablaba acerca de lo que no estaba escrito en el diario. Se puso en pie, cogiendo aquel cuaderno por una de sus mitades, por la parte en que lo tenía abierto. Contempló por un instante el descampado, el bosquete agitado de jaramagos retándole, reclamándole el diario más allá del lugar por donde debía haber caído el palo. Toñín volteó la mirada en dirección a la señora mayor, y la vio alejarse a un trote ridículo, en fuga hacia su casa, resguardándose la cabeza con una bolsa de las gruesas gotas que, indolentes, empezaban ya a salpicarlo todo. En dirección opuesta, mientras el aire se iba impregnando del olor de la tierra húmeda, su madre andaba ofuscada, en una riña sin tregua con la capota atascada del cochecito de su hermana.

-¿Quieres venir de una vez o qué? -le gritó su madre-. ¿No ves que nos estamos mojando?

Toñín soltó el diario y partió a la carrera en busca de su madre. El cuaderno cayó panza abajo como un titoreado, abierto de par en par, sin espíritu para ofrecerle a la acera sus secretos más íntimos. Las gotazas de lluvia repiquetearon un réquiem sobre el cadáver.

-¿Qué andabas haciendo? -regañó la mamá a su hijo-. ¿Por qué no venías?

-Nada. Estaba mirando un cuaderno. ¡Espera!

-¿Pero dónde vas ahora? ¿Estás tonto?

Toñín desanduvo los pasos en busca del diario. Lo recogió del suelo y cerró sus tapas. Luego volvió a depositarlo sobre el asfalto del aparcamiento, junto al bordillo, exactamente en la misma disposición a como lo había encontrado. Un relámpago iluminó el cielo, el descampado, el aparcamiento, la acera, el rostro de Toñín y de su madre, el carrito de bebé, la palabra "Diario" en la portada del diario. Toñín escapó hacia su madre, mientras un estrepitoso trueno disfrazaba sus pasos presurosos de pisadas de gigante. Por último, la lluvia se hizo torrente, empapándolo todo...

2 de julio de 2017

El padre coraje de la Colonia Marconi

Hombre fumando un pitillo
Fotografía por Ben Raynal
Hasta antes de conocer a Enriqueta no había encontrado una mujer que me regalara una sonrisa sincera. Me refiero a gratis. Vamos, sin pagar. Porque aunque uno se haga el medio disimulado, como no queriendo darse cuenta de la realidad, en el fondo sabe que nadie da nada por nada, y menos aún esas señoritas que se asientan al borde de la carretera del polígono de la Colonia Marconi. No te cabe duda de que si se acercan hasta ti, todo risueñas, es porque van buscando tu dinero, y si no te das cuenta es o porque eres medio retrasado o no quieres reconocer tu estupidez.

Y no es que acostumbrara yo a a pasearme a todas horas por el polígono Marconi, pero alguna que otra vez sí había caído por allí y sé de lo que hablo. Si cuando por casualidad, o empujado más que nada por la desidia, me adentré por los parajes inhóspitos por donde merodean las mencionadas señoritas, a más de uno conocí de los que presumen a todas horas y por todos lados de tener mucho sexapil y seductora caída de ojos, pero que en el fondo, lo sé de muy buena tinta, no se comen ni un colín, en asuntos amatorios, si no van con la cartera por delante.

Pero yo no soy como esos fanfarrones y sé reconocer el percal de las cosas. Por eso, en un principio, cuando la vi allí parada, junto al semáforo, a Enriqueta, pensé que era otra más de las chicas de vida relajada que mercadean con su cuerpo en el polígono. Sobre todo porque cuando se acercó a mí, a las primeras de cambio me sonrió sin venir a cuento. Pero resultó que Enriqueta no era de la misma especie que las otras señoritas, sino de otra más selecta y rebuscada, de las que en todo trato humano no sólo buscan el mero negocio, sino también poner en práctica sus teorías más particulares.

Enriqueta había llegado a la singular conclusión de que el polígono de la Colonia Marconi era el sitio ideal para encontrar a un hombre lo suficientemente desesperado como para someterlo, sin la menor resistencia, al desvarío de su voluntad. Con la argucia de su premeditada y linda sonrisa, no le resultó difícil apresarme. Vamos, que caí en sus malas artes de pesca, como un atolondrado atún que, a la caza de un banco de sardinas, se encuentra de improviso enredado en la trampa de la almadraba. A cambio de unas pocas noches de amor sin límites Enriqueta logró el preciado botín que había venido a buscar: en nueve meses -con veintiún días, para ser exactos- surgió de sus entrañas mi precioso bebé.

Enriqueta se empeñó en llamar al niño Artimaño. Aquella decisión fue otra más de sus particulares ocurrencias. Según adujo, quería que el niño tuviera un nombre único e irrepetible, y sobre todo memorable.

Nada más ver al bebé no me cupo duda de que había heredado cada uno de mis genes, hecho irrefutable que, por supuesto, produjo en Enriqueta una envidia enorme, y que destapó el tarro en que guardaba lo peor de su esencia. Ya tenía lo que había venido a buscar, y lo quería todo para sí. De inmediato comenzó a confabular mil planes para desalojarme de mi propia casa. Pero hasta ahí podíamos llegar...

Contrariada, ante mi determinación de defender las cuatro paredes que me pertenecían por derecho propio, cuando quise darme cuenta ya se había largado con Artimaño, llevándose, de paso, mis enseres más valiosos. Expuso ante la jueza, meses después, que aquel botín era la herencia anticipada que le pertenecía al niño que habíamos engendrado. Como su intención era la de no permitirme verlo durante el resto de mi vida, la lógica de su mente retorcida la empujó a arramblar con todo lo que pudo meter en un par de maletas.

Desde el primer momento la jueza simpatizó con su causa. Con lastimeros argumentos y sibilinas mentiras, Enriqueta la convenció de que yo suponía una mala influencia para la criatura. Si yo seguía visitando el polígono Marconi, y sólo muy de tarde en tarde, era por distraer la pena de no poder ver a mi hijo. Finalmente la jueza concedió a Enriqueta la custodia de Artimaño, pero al menos me concedió poner en práctica mi ideario de paternidad, aunque sólo durante los fines de semana.

También Enriqueta había concebido su propio plan educativo para el niño. Cada ecuación de sus matemáticas concluía el mismo resultado: que yo era un valor nulo, un cero a la izquierda. Su resentimiento se elevaba a lo infinito cada vez que tenía que dividir al niño con mi nulidad. Por eso insistió en poner todos los obstáculos para impedir que pudiera verlo. Sólo bajo denuncias claudicaba a sus pretensiones. Entonces, antes de dejarme al niño en depósito, redactaba en una lista todo lo que podía hacer y lo que no, lo que debía comer y lo que le estaba vetado.

Por supuesto que yo hacía caso omiso a su estúpida lista. Enriqueta profesaba el veganismo, por lo cual sometía al niño a un estricto régimen alimentario, más riguroso, si cabe, que el de visitas que me había impuesto la jueza. Alimentado a base de tubérculos, semillas y brotes de soja, mi hijo crecía raquítico y falto de color. Mi amor de padre homologado me hizo temer que cualquier mal aire me lo arrebatara para siempre. Por eso me propuse remontar, a base de hamburguesas y comida casera enlatada, los estragos que la madre provocaba en su salud. Gracias a esta dieta alternativa de fin de semana la piel mortecina de Artimaño fue recobrando el lustre y el color sonrosado de un niño sano y bien constituido. Los desayunos, almuerzos, comidas, meriendas y cenas se convirtieron en despaciosos rituales contrarreloj, cuya meta era la revitaminación de mi hijo. De paso, sirvieron también para que cierta complicidad surgiera entre el niño y yo: le hice prometer a Artimaño que jamás le contase nada a su madre acerca de aquellos tratamientos alimentarios de choque.

Entre semana Enriqueta seguía a lo suyo: a deshacer toda la labor que, sábado sí y domingo también, realizaba yo. Alimentaba al niño como si fuera un roedor enjaulado, a base de pipas, piensos deshidratados y zanahorias. Argumentaba que los betacarotenos y el germen de las semillas eran la razón de su revivido color de piel. Pero yo sabía que la explicación era bien distinta. Ante el discurso ilusorio de la madre yo guiñaba un ojo al niño, mal disimulando la risa floja que me entraba por dentro.

Las cosas en el trabajo me empezaron a ir regular. Encontré una oportunidad en el negocio de la compra-venta de entradas. Pero mi nuevo oficio me exigía una dedicación total, sobre todo durante los fines de semana. Propuse a Enriqueta que se encargara del niño durante al menos uno de cada dos sábados por la tarde. Se negó en rotundo. Si antes, respecto a la custodia de Artimaño, me negaba hasta el pan, ahora no parecía dispuesta a echar horas extras. El caso era llevarme la contraria. Eso, o que se había echado un novio nuevo, como luego resultó ser. Su propio hijo le suponía un estorbo, y tenía el descaro de reprocharme a mí lo mismo. Pasé de darle ninguna explicación, pues sabía que no entendería mis argumentos, que no podía llevar al niño conmigo a la reventa.

Además, después del trabajo era cuando conseguía algo de dinero para disfrutar un poco de la vida. Porque qué nos queda al final de cada jornada, si nuestra existencia se reduce a trabajar y trabajar. Con el niño me iba a ser imposible recuperar mis casi abandonadas visitas a la Colonia Marconi.

Ante la negativa de Enriqueta a quedarse con Artimaño durante sábados recapacité: pensé que tanto mejor si el niño me acompañaba a los alrededores de la plaza de toros y de los estadios de fútbol. Nunca entendí la razón, pues una entrada no es un bien de primera necesidad, pero el caso es que las autoridades siempre han visto con muy malos ojos el asunto de la reventa. Me di cuenta de que un niño de la mano era como un salvoconducto, el camuflaje perfecto que requería mi negocio.

Otra historia bien distinta era el tema de mis incursiones esporádicas al polígono Marconi. Pero como no tenía con quien dejar al niño, tuve que hacer de tripas corazón, y consentir que me acompañase.

Artimaño cayó simpático a las señoritas. Lograba sacar de ellas lo mejor de su instinto maternal. Supongo que por eso me hacían el favor de tenerlo medio entretenido, mientras yo me entretenía con alguna de ellas. Por supuesto que le había prevenido al niño que no le contase nada a su madre acerca de aquellas visitas furtivas al polígono. Me guardaba el secreto y, a cambio, cuando terminaba mi función con la señorita de turno, le invitaba a una hamburguesa de dos pisos en un bar de taxistas que abría durante toda la noche. Me enorgullecía la meticulosidad con que Artimaño retiraba, de entre los panecillos, todo rastro de lechuga, pepinillos, y cualquier resto de apariencia vegetal. Aparte de la carne sólo le interesaban las patatas, y los chascarrillos que le largaba algún borracho noctámbulo.

Poco a poco iba transcurriendo la niñez de mi hijo, sin destacables sobresaltos. Enriqueta parecía demasiado entretenida con su nuevo novio como para meterse en mis asuntos, y me dejaba en paz. Apenas alguna que otra vez vi al tipo con que andaba liada, mientras la esperaba dentro de un enorme y pulido Mercedes de color blanco comunión, cuando nos intercambiábamos al niño. Al parecer era búlgaro, o rumano, o albano-kosovar. Vamos, de algún país del este de Europa. Artimaño no supo darme detalles concretos de su procedencia, ni sobre a qué se dedicaba. Pero me chivó que les llevaba a menudo, a su madre y a él, al restaurante de un famoso cocinero que salía en televisión. También me contó que su mamá mal aprovechaba las invitaciones pidiendo alguna de sus típicas ensaladas de canónigos y algas rehidratadas, aunque al menos a él  le dejaba comer lo que quisiera. Según me contó, Artimaño solía escoger, de entre una carta de lo más selecta, un entrecot sanguinolento acompañado de patatas panaderas. Me enorgullecía comprobar mi impronta en los gustos de mi hijo.

Estaba claro que la sonrisa de Enriqueta no había perdido su eficacia para embaucar a los hombres. A mi ex le había dado por pastorear el forraje que emplataban en los restaurantes más finolis de la ciudad, y había encontrado al idiota perfecto que la convidaba. Mis sospechas no anduvieron muy desatinadas, cuando aventuré que su novio debía tener un oficio de dudosa reputación, como el de narcotraficante o representante de futbolistas. El cretino no se contentaba con chulear a mi ex, sino que también me corrompía al niño con todo tipo de regalitos que yo no me podía permitir. Artimaño no paraba de hablarme de su nueva videoconsola, no recuerdo el modelo ni la versión. Contra semejantes obsequios no podía competir, y menos cuando el negocio, de un día para otro, se me complicó: la policía me tenía fichado por un asunto en que me vi involucrado, una historia de entradas falsas con la que apenas nada tenía que ver.

Pero no estaba dispuesto a que ningún padre postizo comprase la voluntad de mi hijo. Casi sin darme cuenta los años habían ido pasando, y Artimaño se había convertido en casi un adolescente. Por su duodécimo cumpleaños me rasqué el bolsillo, para hacerle un regalo con que el búlgaro del Mercedes no podría competir: cuando acudimos al polígono Marconi, como cualquier otro sábado, le dije a dos de las chicas sonrientes que me lo entretuvieran. Pero aquella noche de una manera especial, como solían hacerlo conmigo...

No me quedó muy claro si el niño disfrutó la experiencia. Se pasó todo el domingo sin decir media palabra, mohíno y abstraído en uno de los estúpidos videojuegos que el búlgaro le había regalado. Por más que intentaba sonsacarle alguna impresión, me respondía con evasivas y monosílabos, embebido en la pantalla de su maquinita. Los adolescentes de todas las épocas, que no hay quien los entienda...

Para mi desgracia, Enriqueta tuvo noticias de aquella primera experiencia amorosa del niño. Resultó que el del Mercedes, tal y como yo había vaticinado, era un pájaro de cuidado: un peligroso proxeneta que controlaba gran parte de la prostitución callejera de Madrid. Imagino que por eso terminó enterándose, de primera mano, de todo el asunto.

Enriqueta reactivó sus armas de aniquilación total. Intentó alejarme definitivamente del niño, acusándome injustamente, ante la jueza de siempre, de corromper a mi propio hijo. La jueza no quiso creerme cuando le dije que la depravada era mi ex, pues andaba liada con un chulo de putas narcotraficante que obtenía sus favores sexuales a cambio de comprarle a mi hijo un surtido completo de videojuegos no aptos para menores. En vano intenté hacerle recapacitar a la jueza, invitándola a imaginar los viciosos juegos de fornicación que los dos amantes debían mantener en el asiento trasero del Mercedes, o sobre cualquier tabla rasa. Ni la jueza ni nadie supo darme nunca una explicación lógica de por qué el búlgaro, pudiendo disponer de cualquier otra de sus jóvenes prostitutas, prefería a Enriqueta.

La jueza me llamó al orden, y, como en anteriores visitas, terminó poniéndose de parte de mi ex: resolvió que debía mantenerme alejado de Enriqueta y del niño, a no menos de un kilómetro y medio a la redonda.

Contrariado y lleno de coraje, ante aquel veredicto tan injusto, esperé a mi ex a la puerta de los juzgados, para darle su merecido. Por culpa suya me impedían ver a mi hijo, por lo que estaba dispuesto a llevármela, si era necesario, por delante. Y me resultaba indiferente si iba a dar con mis huesos a la cárcel, pues lo tenía ya todo perdido: si no podía ver a Artimaño, mis días no tenían razón de ser...

Lo único que conseguí, en cuanto puse encima la primera mano a Enriqueta, fue una paliza monumental. Me la propinaron dos matones que, según vine a saber luego, eran esbirros a sueldo del búlgaro. Un mes de vacaciones a pensión completa, en un hospital de la Seguridad Social, sirvió para atemperar mi ánimo de venganza.

Lo primero que hice, nada más abandonar el hospital, fue darme una vuelta por la Colonia Marconi. Allí la vida transcurría monótona, bajo una misma pauta: sonrisas amables recibían a los visitantes, y estos correspondían ofreciendo la hospitalidad del interior de sus vehículos. Cada facción, como de costumbre, disimulando sus recíprocos intereses de por medio.

Desde aquel veredicto de la jueza los años fueron transcurriendo, a la par que la infancia de mi hijo. Alejado de mi tutela, Artimaño atravesó la adolescencia sin el amparo ni la firme educación que sólo un padre verdadero sabe dar. Cual pino piñonero sometido a perseverantes vientos, creció torcido. A mitad de carrera su padrastro me arrebató el testigo que me correspondía, sin darme tiempo a concluir mi posta. Y poco a poco y sin que yo pudiera remediarlo, con tesón de presidiario limando barrotes, fue modelando a mi polluelo conforme a su propia manera de ser y obrar...

Ahora cuando por fin Artimaño ha alcanzado la mayoría de edad, el búlgaro lo ha reconocido como su único y legítimo heredero, traspasándole parte del negocio: en concreto, la correspondiente a la zona en que se ubica el polígono Marconi. Su madre, indolente a las malas artes que el padrastro le ha inculcado, parece sólo preocupada de su flora intestinal...

Por mi parte ya puedo ver a mi hijo sin impedimentos judiciales de ningún tipo. Pero es demasiado tarde para enderezar una vara tan torcida. Aunque reconozco que Artimaño jamás me niega un favor, cada vez que le pido algo de dinero, me resulta un completo extraño. Poco o nada tiene que ver con aquel niño inocente junto al que tantas hamburguesas y visitas al polígono Marconi compartí...

A pesar del tiempo perdido, corroboro harto satisfecho que los lazos de sangre siempre permanecen... Artimaño es un joven agradecido, y no olvida todo el amor y el tiempo que este padre coraje le ha regalado. Desde que el búlgaro le confirió parte del negocio las visitas a la Colonia Marconi me salen gratis, todo incluido. Será por eso, por la gratuidad del asunto, que últimamente, cada vez que me ven aparecer por el polígono, las señoritas no se toman la molestia de esbozar ni media sonrisa. O tal vez, será que no me sonríen porque con los años estoy perdiendo parte de mi natural sexapil...

30 de junio de 2017

El protagonista

Fotografía por Camila Pastorelli
El señor Román guardaba, entre sus más apreciados recortes de papel, la noticia de cuando el circo Pringlend salió en portada de un diario de provincia de cierta tirada y reputación, a causa de un suceso que aconteció durante la escena que representaban los payasos.

El periódico no acertó a contar toda la verdad del suceso. El hecho comenzó cuando un tipo, al que adornaba un bigote fino y un gran afán de protagonismo, acudió junto a su mujer a ver el espectáculo del circo que regentaba el señor Román. El espectador se hizo notar nada más ocupar su butaca, y sobre todo durante el número de Rudolf y Jeromitas, los payasos. Tal y como tenía por costumbre y en todos lados, y para bochorno de su más que resignada esposa, al señor le dio por lanzar, a voz en alto para que los presentes supieran de su gracia natural, toda clase de comentarios impropios de un espectáculo infantil, pero que a él le parecieron muy oportunos y chistosos

Jeromitas era el nombre artístico del Jero, un huido de la justicia al que el señor Román había acogido temporalmente en su circo, en atención a ciertos favores del pasado. El apodo de Jeromitas lo había inventado Rudolf, su resabiado compañero de escena. El pobre Jeromitas conseguía a duras penas aprenderse un papel para el que Rudolf se había empeñado en amaestrarle. A Rudolf le venía que ni pintado, para su número de cada tarde, un compañero con ese aire de distraído, a medio camino entre un rufián y un corto de mente. Ni el maquillaje de payaso lograba disimular las aristas de un rostro y un carácter esculpidos a filo de navaja. Lejos de molestarle el amateurismo de su partenaire, a Rudolf le estimulaba, pues estaba hastiado de la vida monótona que traía en el circo, de las repetidas puestas en escena de todos los días. Ahora, en cada espectáculo, junto a Jeromitas, ante un público de todas las edades, podía improvisar todo un repertorio de chascarrillos lenguaraces, sin que el señor Román le pudiera echar en cara sus salidas de madre.

Cuando al visitante del bigotito se le ocurrió la feliz idea de sacarle punta a cada una de las torpezas naturales de Jeromitas, dejándole en ridículo delante de la paupérrima concurrencia de aquella tarde, el payaso prófugo comenzó a tartamudear de puro nervios e inseguridad. El visitante se creció con las risas que provocaban sus chanzas entre el público, y arreció en su particular chaparrón de vejaciones humorísticas. A Jeromitas se le fue formando un nudo en la garganta, hasta que no pudo articular una palabra más. Desposeído de toda confianza, y ya fuera de sí, su carácter se transmutó en el de su verdadero yo, el del Jero. Incapaz de contener su furia, saltó a la grada y cogió al del bigotito por las solapas de su chaquetón de domingo, arrastrándolo al centro de la pista. El público pensó que aquella maniobra desmesurada formaba parte del número circense. Niños y grandes contemplaron con expectación y algarabía la somanta de palos que recibió el del bigote, mientras su mujer gritaba de espanto y Rudolf saboreaba, en primera fila, lo que consideró un espectáculo sin parangón en todos sus años de vida en el circo.

El público aplaudió a rabiar. El visitante logró por fin obtener el merecido papel de protagonista que con tanto denuedo había perseguido desde siempre. Las iniciales de su nombre aparecieron, junto a una foto de su cuerpo tendido en una camilla, en la portada del Heraldo de Salamanca, en la parte inferior derecha, a una columna.

El paso del Jero por el circo Pringlend fue breve. Aunque en las páginas interiores del diario expusieron el argumento de que el payaso sólo había pretendido defender la integridad moral de los niños, mantenerlos a salvo de los chistes groseros que profería el sujeto apaleado, decidió salir de najas. Era corto de luces, pero no tanto como para confiar en que la policía creyese a pies juntillas la edulcorada versión que, ante el periodista del medio impreso, defendió el señor Román.

El payaso Rudolf quedó otra vez huérfano. Resignado a los vaivenes de la vida, no tardó ni medio día en asumir la partida precipitada de Jeromitas. Después de todo, ahora que el compañero empezaba a memorizar su papel, el número perdía toda gracia y emoción...

28 de mayo de 2017

El tsunami

La gran ola de Kanagawa, de Katsushika Hokusai
La gran ola de Kanagawa, de Katsushika Hokusai

Abajo, en lo más ínfimo de la cloaca, seres tiznados se afanaban en conseguir, siquiera, una migaja. En la superficie, otros seres bien distintos gravitaban en torno a una quimera de algodón de azúcar, desentendiéndose del obligado paso por ventanilla, para no recoger sus recién adquiridos pasajes hacia el abismo...

Medraban en lo más alto irrespetuosos animales de piel de porcelana, sabandijas a la caza de desgracias ajenas con que alimentar los lamentos propios. Plañideras que vociferaban su pena insustancial a los cuatro vientos, atronando a brisas y oídos de inermes vírgenes y recién destetados.

Las criaturas de la cloaca de sobra conocían que la llorera sólo sirve para embarrar el camino polvoriento de la subsistencia. Sus tumefactas moradas quedaban lejos de los sumideros que evacuaban la torrentera de lágrimas que les venía de arriba. El fluido tibio y salado descendía en remolinos impetuosos, reventaba las cañerías oxidadas, y terminaba salpicándolo todo con su balanceada fórmula de mierda y perfume caro.

El cenagal pestilente que se formaba atiborraba de aflicción a los imbéciles que lo provocaban. Sus trastocadas psiques chapoteaban en la ciénaga de una piedad fingida, alardeando de su gracia para ser víctimas y redentores a un mismo tiempo. Mas lo único cierto eran sus corazas contra el hedor propio y la calamidad ajena. Desde siempre, el pasatiempo favorito de los indolentes llorones había sido el de asomarse al ventanal magnífico de la autocomplacencia. Pasaban allí, como embobados, las horas muertas. Tan ensimismados andaban contemplando el paisaje de sus ombligos, que no alcanzaron a percibir -o no quisieron verla venir- la ola gigante que venía a arrebatarlos de la superficie.

Los necios no sólo se conjuraron contra la realidad de la ola gigante, sino también contra el patrón de la modesta patera que acudió a concederles cierta oportunidad: lo de construir firmes botes y luego bogar para salvar las olas les pareció una proposición onerosa e indecente. Prefirieron creer en la confortabilidad de las colchonetas hinchables de colores que, a módicos precios, mercachifles de todos los pelajes les vinieron a ofrecer, junto a variopintos repertorios de disparates y accesorios neumáticos. En cuanto arribó el tsunami toda aquella flotilla neumática y henchida de prepotencia expiró en un suspiro, si acaso el único soplo de irrefutable pesar. La resaca monumental desparramó mutilados cuerpos por cada orilla. Al menos los despojos ofrecieron, a las criaturas de abajo, la excelente ocasión de superar la barrera de otro día...

Tras el paso del tsunami, para los supervivientes, nada nuevo sobre la playa: el mismo sol, e idénticas excusas...

17 de abril de 2017

Poema a pesar del HTML

Hombre mirando la pantalla de su ordenador con cara de aburrido
Foto por Devin Stein
El código HTML avanza indolente, como la peste, por la comarca ondulante de mi genio creativo. Por esos mismos territorios campaban anteayer a sus anchas, libres y despreocupados, ripios y estrofas. Etiquetas de apertura y cierre bloquean hoy la boca del volcán incontinente que solía vomitar nostalgias, anhelos y frustraciones, o simples ocurrencias salpicadas de voces manoseadas. Mi vocabulario intrépido ha devenido en insignificante significado cargado de semántica, mera palabrería que no alcanza -inútil lenguaje el HTML- a expresar la profundidad de mis ríos de lava.

Grande desazón me invade, que traducido en términos HTMLiánicos sería algo como:

<desazón>
Aquí debería habitar un poema,<br>
siquiera un desacompasado verso,<br>
mas un código semántico y tiránico<br>
se ha apoderado de mi expresión por entero.
</desazón>

Mi insondable lamento concluye con un absurdo:

</html>

9 de abril de 2017

Inocencio Espirituoso y el acomodador

Espectadores de cine con gafas 3D

A Inocencio Espirituoso no le gustaba nada dejarse conducir. Prefería pensar por sí mismo y buscar su propio camino; cuando no encontraba razones, se guiaba por su propio instinto. Era tozudo en su determinación, pues, según manifestaba a quien quisiera escucharle, "es de borregos caminar en rebaño, al paso que marca el pastor".

Una tarde remota, en el cine, allá por su juventud, un acomodador le espetó a la cara: "¡Sígame!". La orden no le cayó bien a Inocencio, pero en fin... Por no perturbar la tranquilidad del resto de espectadores, se resignó a ir en pos del hombre uniformado que, linterna en mano, le indicó con la lucecita la butaca en que debía sentarse. Obediente tomó asiento, sin un atisbo de protesta. Y eso que la enorme cabeza del espectador de la butaca de delante le impedía ver la pantalla. Quizá por el mero empeño de afianzar sus argumentos, aguantó allí sentado hasta el término de la película, furioso y contrariado, protestando mas que por dentro: "¿Para qué tuve que hacer caso a un estúpido acomodador, pudiendo elegir un mejor sitio por mí mismo?".

Aquella tarde de cine fue la única vez que Inocencio Espirituoso se dejó llevar por la voluntad de otro, en vez de por sus propias convicciones...

20 de marzo de 2017

Los machos alfa nunca beben Bitter Kas

Foto por Lisa Risager

Si me tuviese que comparar con un chimpancé, diría que mi actitud ante las hembras siempre fue la de un mono atento y servicial, y puede que algo sumiso. Inconscientemente, debí pensar que aquella manera dócil de proceder era la única posibilidad que tenía de aparearme. Porque mis modales delicados poco tienen que ver con la actitud agresiva y exhibicionista de los machos alfa. Cuando se es demasiado enclenque, y poco agraciado como yo, es tontería perder el tiempo frente al espejo, acicalándose en vano, o criando músculo en el gimnasio...

Mi naturaleza siempre me jugó una mala pasada... Tuve la desgracia de pretender mejorar mi estirpe cruzándome con las hembras más exuberantes de la manada, aquéllas que prometían fertilidad por cada revuelta de sus cuerpos rotundos. Pero ellas sólo tenían ojitos para los tipos más atrevidos, altos y fuertes, y sobre todo algo canallas. Necesitaban, digo yo, un macho alfa que les proporcionara un poco de vida y emoción. Un aventurero, vamos, de manos fornidas y látigo en mano... Las únicas aventuras en las que me adentro yo, y sólo de vez en cuando, son las que leo en los libros, o veo en los telediarios...

No tengo yo tan claro si las reproductoras que rondaba adivinaban las verdaderas intenciones de mi naturaleza. Por lo que me daban a entender les parecía del todo confiable, aunque no tanto como para convidarme a la intimidad de sus alcobas. Veía que mi única aspiración para perpetuarme era la de someterme al albedrío de sus vaivenes emocionales; si accedía a sus antojos era, más que nada, por acecharlas de cerca y aprovechar cualquier momento de descuido o debilidad. No resultó difícil que me concedieran su amistad, pues, según me confesaban, hasta cierto punto les parecía divertido. Les encantaba que les hiciera reír, y que las acompañase a las rebajas, a los conciertos de sus ídolos pop, o de fiesta en fiesta. Pero no tardaban en aburrirse de mis bromas y ocurrencias, echándome en cara que era demasiado soso y, sobre todo, de ideas retorcidas. "Piensas demasiado, Braulito, deberías dejarte llevar; emborráchate y disfruta de la noche", me decían. Luego añadían que mis reflexiones eran tan amargas como el Bitter Kas que, por entonces, acostumbraba a beber.

Sopesé si mis amigas tendrían razón. Recapacité, y me lancé sin reparo a los brazos del alcohol y las drogas blandas. Dejé que mi naturaleza persiguiera, libre, el rastro de su deseo. Mis amigas no tardaron en deplorar el comportamiento de mi nuevo yo, al nuevo simio que las acosaba noche tras noche. Me conminaron a que depusiera mi actitud de ipso facto, y me comportara como el monito inofensivo que había sido antes. Así que retorné al Bitter Kas, y a los pensamientos más melancólicos.

Ellas, mientras tanto, se dedicaban a bailar descocadamente, bebiendo como el camarada Tovarich en la toma de Berlín. Cuando estaban lo suficientemente achispadas, si tenían suerte, se desaparecían con el primer macho alfa que las cortejaba. Allí me quedaba yo, sólo en medio de la fiesta, saboreando la amargura de mi poco éxito y de mi Bitter Kas. Si por contra el macho dominante las ignoraba, o elegía a otra hembra más rumbera, se ponían tan borrachas que me tocaba acompañarlas hasta su casa. Durante el viaje en taxi, más de una malogró mi ropa, al vomitarme encima. Me tocaba pagar el taxi sin pedir recibo, abrirles la puerta de casa, desvestirlas y meterlas en su camita. Alguna vez me rondó por la cabeza aprovechar la circunstancia. Pero mis amigas ya me tenían más que advertido que, en cualquier tesitura que tuviera que ver con ellas, no dejase de comportarme como un chimpancé inocentón...

Poco a poco mis genes se fueron sintiendo como desheredaros, mientras de mi vida iban desapareciendo, una tras otra, todas aquellas hembras fecundas con las que tanto había deseado entroncar. Antes de despedirse de mí, alguna que otra aún tuvo la descortesía de invitarme a su boda, que celebró, como era previsible, con alguno de los machos alfa que peor me caían de la manada. Recuerdo especialmente a aquel gorila vestido de nuevo que me faltó el respeto, al verme aparecer acarreando las bolsas con los regalos que se iban a repartir entre los invitados de su bodorrio: "Si algo detesto yo, es al hombre blandengue que va con la bolsa de la compra", me dijo el muy cretino...

Y así fue cómo, boda tras boda, amancebamiento tras amancebamiento, me quedé solo... Aferrado por años a mi Bitter Kas, y mi amarga manera de ser. Me vi condenado a tirar de tarjeta de débito, para procurarme sucedáneos del amor con señoritas de vida atribulada. Insatisfecho, me reivindiqué como chimpancé solitario, radical y militante.

Los chimpancés solitarios adoramos ante todo la tranquilidad. Pero la vida es una selva repleta de imprevistos inoportunos... Siempre llega la mañana traicionera en que te cruzas por la calle, casualmente, con alguna de aquellas hembras de la manada que tanto deseaste. La ves venir cabizbaja, ojeriza y con ojeras, empujando un carrito de bebé y con un niño de la mano. Decides entonces cruzarte de acera, más que nada para no contrariar a los principios de tu militancia de solitario redomado. Pero lo más probable va a ser que ella intercepte tu retirada, para proponerte que la invites a un café con churros, ahí mismo, en el bar de la esquina, porque se acuerda mucho de ti:

-¿Y cómo te fue, Braulito?

-Pues ya me ves.

-Pues te veo mejor que antes.

-¡Mamá, quiero otro churro!

-¡He dicho que ya no hay más churros, Alvarito; déjame tranquila un momento, que estoy hablando con este señor! ¿Me decías, Braulio?

-Así que tienes dos niños...

-¡Mamá, me aburro!

-¡Alvarito, déjame, no seas pesado! ¡Anda, toma otro churro, y calla! Sí, Braulio, dos niños, que te los regalo ahora mismo...

-Algo me darán por ellos en la tienda de empeños...

-Ay, Braulito, tú siempre con ese sentido del humor, tan especial...

-¡Mamá, quiero otro churro!

-¡Ay, calla, Alvarito, qué pesado eres! ¡Que no te doy más churros, que luego no te comes la comida!

-¿Y tú, no vas a probar los churros, Maruchi?

-Uy, ya quisiera yo; a base de pavo light, estoy...

-¡Mamá, dame un churro!

-¡Que te he dicho que no, Alvarito! ¡Suelta el churro ahora mismo, que es del señor!

-No, si es igual... Que se lo coma ya...

-Ay, perdona, Braulio, es que es muy cabezón el niño; igualito que su padre, que hasta que no lo consigue...

-El próximo macho alfa de la manada...

-¿Qué?

-Nada, otra de mis tonterías...

-Sí, ya veo, sigues igual. ¿Y tú qué? ¿Te casaste, tuviste niños?

-Sólo un par de bonsáis.

-¡Dame un chuuuurro!

-¿Pero no ves que son de este señor? ¡Anda, toma, que me tienes harta! ¡Y éste es el último, que ya nos vamos para casa!

-Uaaa, uaaa, uaaaaa...

-¡Y ahora el pequeño empieza a llorar...! Perdona, Braulio, pero nos marchamos ya...

-Te reclama la jungla...

-Sí, ya ves, es que con dos niños no se puede... Además, tengo miles de cosas que hacer... Y mientras, el huevón de mi marido andará ya a estas horas metido en el bar... ¿Te puedes creer, que me tenga yo que encargar de todo?

-Si fuéramos bonobos, la nuestra sería una sociedad igualitaria. Pero desgraciadamente, somos chimpancés.

-¡Ay, Braulio, sigo sin entender tu sentido del humor!

-Ya.

-¿Esto?

-Tranquila, Maruchi, ya lo pago yo. Qué ricos que estaban los churros, ¿eh, Alvarito?

-Sí... Bueno, Braulio, me alegro de verte. Vamos Alvarito, que nos vamos, dile adiós al señor.

-Adiós Alvarito, a Dios gracias...

Por fin, de nuevo solo en la selva, saboreas el culín que te queda del café con leche. Está ya frío. Después, pides un vaso de agua al camarero; ante su mirada atónita, brindas por la selección natural de las especies:

-¡Por aquellos machos alfa que nos birlaron la posibilidad de satisfacer a ciertas hembras insatisfechas!

El camarero se pregunta si realmente te sirvió agua...

-Jefe, una pregunta: ¿todavía tienen Bitter Kas? ¡Si eso, póngame uno, con mucho hielo...! Con una rodajita de limón...

Otros relatos